Diálogos Sostenibles
18/04

Arándanos en el desierto: cómo SQM Yodo Nutrición Vegetal está convirtiendo el desierto en un laboratorio agrícola

Con riego subterráneo, nanoburbujas alfalfa y lechugas hidropónicas, además de berries en más de 20 variedades, la división de SQM apuesta por convertir Atacama en un polo de desarrollo agrícola junto a las comunidades locales.

Hay algo casi paradójico: en uno de los desiertos más áridos y salinos del mundo, un ingeniero agrónomo revisa sensores de humedad en una planta de arándano que crece dentro de un invernadero. No es Israel ni el sur de España. Se trata de agricultura en el desierto, enl norte de Chile, y detrás de este experimento no hay una startup tecnológica ni un proyecto académico aislado: hay una empresa que lleva décadas produciendo fertilizantes y que decidió usar lo que sabe para hacer crecer alimentos donde nadie lo esperaba.

Eso es, en esencia, lo que está haciendo SQM Yodo Nutrición Vegetal en la primera y segunda región del país. Y lo que explicó en este Diálogos Sostenibles, Ignacio Majluf, gerente de Sostenibilidad, Compensaciones y Personas de la división.

 

 

SQM Yodo Nutrición Vegetal produce nitrato de potasio, uno de los fertilizantes más usados en la agricultura de precisión, tiene más de diez oficinas comerciales y vende en más de cien países. En cada uno de esos mercados, la empresa ha aprendido que no existen recetas universales: el suelo, el clima y el agua son variables únicas que determinan cómo y qué se puede cultivar.

Ese conocimiento acumulado, aplicado ahora al propio territorio donde opera la empresa, es el corazón de lo que Majluf llama el pilar de agricultura en el desierto, el más importante de los cinco ejes de valor social compartido de la compañía.

El primer proyecto concreto es la unidad de alfalfa en El Carmelo: 15 hectáreas que producen entre 9.000 y 10.000 fardos al año, suficientes para alimentar a 5.000 cabezas de ganado caprino y ovino de las comunidades locales. Y lo que parece simple esconde una innovación significativa: se enterró el sistema de riego por goteo bajo la superficie, eliminando la evaporación y reduciendo el consumo de agua en un 40% sin perder productividad. Comparado con el rendimiento promedio de alfalfa en el resto de Chile, el proyecto del norte resulta más eficiente usando menos agua.

Pero la apuesta más ambiciosa:  levantaron el Centro de Investigación y Desarrollo Agropecuario, un laboratorio vivo donde se prueban técnicas antes de transferirlas a las comunidades. Hidroponía, invernaderos, energías renovables, nanoburbujas para oxigenar raíces, ozono para control de enfermedades. Más de 800 visitas al año y programas de lechugas hidropónicas que se entregan directamente a los vecinos de la zona.

¿Cuál es el objetivo de ese centro?

Que sea un laboratorio. Hoy en día hemos estado probando técnicas de hidroponía, invernaderos, distintas técnicas de riego para que sean más eficientes, utilizar energías renovables. Es un laboratorio de estar probando nuevas tecnologías para después compartirlas con la comunidad. El gran valor es investigación aplicada con capacitación y transferencia de conocimiento.

Uno de los experimentos más reveladores ha sido el del arándano. La empresa importó más de 20 variedades y las sometió a pruebas sistemáticas: distintos sustratos, condiciones de luz, sensores de salinidad y evapotranspiración. El resultado fue que al menos 7 variedades prosperaron. El objetivo ahora es construir un manual replicable y llevar el producto a mercados internacionales, aprovechando que el norte de Chile tiene clima estable durante todo el año para ofrecer fruta en contraestación.

La empresa trabaja actualmente con 23 comunidades de la región, a través de mesas de trabajo donde se identifican necesidadeas reales antes de proponer soluciones. Majluf recuerda que los pueblos aymara y quechua de la zona pluricordillerana tenían tradición agrícola ancestral en terrazas de cultivo. La empresa no llega a enseñar desde cero: llega a combinar ese saber con tecnología moderna, en un proceso que, según describe, es genuinamente bidireccional.

La meta es llegar a 600 hectáreas productivas habilitadas al año 2030. Hoy hay cerca de 60. La meta es multiplicar eso por diez requerirá, dice Majluf.

¿Qué se necesita para escalar este modelo y poder llegar a esa meta?

Colaboración desde el mundo público y el privado. Esto no es trivial. Hay que tener una agenda en conjunto para poder desarrollar esto. ¿Por qué no involucramos a las universidades? Si tenemos esta visión y quizás una visión país de que esto sea un polo agronómico en un futuro, reactivemos las mallas curriculares, pongamos las distintas tecnologías. Yo creo que esa es la forma en que vamos a poder lograr esta aspiración.

Majluf recnoce eso sí que el agua es el desafío que atraviesa todo. El norte de Chile es zona de estrés hídrico y cualquier proyecto agrícola de escala debe responder a esa realidad. Por ahora, la innovación en riego subterráneo ha permitido avances concretos. Pero el experto anticipa que la solución estructural requerirá una conversación más amplia: la desalinización para uso agrícola es, según él, una discusión que deberá ocurrir.

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A diferencia de los yacimientos mineros, cuyas reservas se agotan con cada extracción, la tierra transformada en suelo agronómicamente viable es un patrimonio que permanece. Y si la apuesta sale bien, podría convertirse en un modelo que trascienda las fronteras del país, tal como ya ha ocurrido en Israel o en las zonas áridas del sur de España.
«Lo hemos venido demostrando en estos proyectos. Creo que nos da una oportunidad como país para adaptarnos a algo que se viene. Con esfuerzo, convencimiento y trabajo colaborativo, se puede lograr de todas maneras», cerró Majluf.