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15/05

Hacia la COP30 en Belém: un llamado inspirador

Procesos que se pensaban lejanos, como el debilitamiento de la circulación atlántica (AMOC), el derretimiento del permafrost y la inestabilidad de la Antártida occidental, ya están en marcha. Este incumplimiento no es solo una falla política: es también una violación legal y ética que compromete derechos humanos y la seguridad global.

Durante la última Climate Week en Nueva York quedó claro que el mundo ya no está frente a una amenaza futura, sino viviendo un presente de sobrepaso climático («climate overshoot2). Según informes recientes, los compromisos del Acuerdo de París de mantener el calentamiento «muy por debajo de los 2 °C y aspirar a 1,5 °C» se están incumpliendo de manera dramática.

La Tierra ya se ha calentado 2,1–2,2 °C, el Ártico más de 4,5 °C y países como Canadá y Rusia más de 3 °C. Desde 2018 se han emitido más de 400 Gt de CO₂, agotando el presupuesto de 1,5 °C y poniendo en riesgo el de 2 °C antes de 2035. Los impactos son visibles: olas de calor letales, incendios masivos, colapso de arrecifes y glaciares, más de mil millones de personas bajo estrés hídrico y pérdidas económicas que superan los 100.000 millones de dólares solo en EE. UU. en 2023. 

Procesos que se pensaban lejanos, como el debilitamiento de la circulación atlántica (AMOC), el derretimiento del permafrost y la inestabilidad de la Antártida occidental, ya están en marcha. Este incumplimiento no es solo una falla política: es también una violación legal y ética que compromete derechos humanos y la seguridad global.

La Climate Week 2025 reunió a más de 900 eventos bajo el lema «Power On», marcando una nueva era en la que ya no basta con anunciar compromisos, sino que urge demostrar implementación real. El Secretario Ejecutivo de la CMNUCC, Simon Stiell, lo expresó con claridad: «esta nueva era de acción climática debe acercar los procesos al mundo real, acelerar la ejecución y llevar los beneficios a miles de millones de personas». La narrativa cambió: se habló menos de sacrificios y más de beneficios tangibles, como energía más barata, empleos verdes y resiliencia social. Hubo compromisos concretos , se cerraron acuerdos en infraestructura verde y cadenas de suministro bajas en carbono, y la Unión Europea anticipó que presentará un nuevo objetivo climático en las próximas semanas. Estos anuncios no solo confirman un giro en el discurso, sino que preparan el terreno hacia un momento decisivo: la COP30 en Belém, Brasil.

Lo que ocurrirá en Belém entre el 10 y el 21 de noviembre de 2025 marcará un punto de inflexión. Será la primera vez que una COP se realice en la Amazonía, el corazón climático del planeta, y por ello se espera que la justicia climática, la inclusión de comunidades indígenas y la regeneración de ecosistemas sean protagonistas. Belém no será solo un encuentro de negociaciones técnicas, sino un espacio simbólico en el que la humanidad deberá demostrar que está dispuesta a proteger el bioma amazónico como un bien común global. Brasil ya ha anticipado que la COP30 pondrá en el centro la transición justa, la equidad en el financiamiento climático y la voz de quienes históricamente han quedado al margen de la toma de decisiones. Lo que se discuta allí podría redefinir la arquitectura global de financiamiento para la adaptación y la mitigación, así como fijar nuevos mecanismos para cerrar la brecha de implementación que hoy persiste entre lo que se promete y lo que realmente ocurre en los territorios.

Para América Latina y el Caribe, una región estratégica por su biodiversidad, el potencial de energías renovables y su juventud demográfica, este contexto plantea un desafío crucial. Aunque la región sufre de manera desproporcionada los impactos del cambio climático, la filantropía climática sigue representando menos del 2% del total de donaciones.

La inversión de impacto avanza, pero aún está lejos de alcanzar la escala que la emergencia demanda. Sin embargo, la complementariedad entre filantropía e inversión se vuelve evidente: la primera puede asumir riesgos iniciales, financiar innovación y dar voz a comunidades indígenas, mientras que la segunda puede escalar soluciones, movilizar capital privado y garantizar resiliencia económica. Los mecanismos híbridos, como el blended finance, las garantías y los fondos colaborativos, son herramientas que ya muestran resultados alentadores en la región. Ejemplos recientes incluyen fondos que combinan capital filantrópico y privado para conservación y energías limpias, startups climáticos en Chile, Colombia y Brasil que transitan del apoyo filantrópico al venture capital, y experiencias en la Panamazonía que escalan soluciones regenerativas con financiamiento mixto.

América Latina tiene una responsabilidad y una oportunidad única: no se trata solo de adaptarse, sino de liderar soluciones globales, integrar acción climática en toda agenda social, movilizar capital con propósito y asumir corresponsabilidad internacional.

Belém será, entonces, la prueba de fuego. Allí el mundo deberá mostrar si es capaz de transformar las palabras en hechos, de escalar iniciativas regionales hacia compromisos globales y de reconocer que la Amazonía no es únicamente un pulmón verde, sino un pilar de la estabilidad climática planetaria. América Latina tiene la posibilidad de ser protagonista y no espectadora. El verdadero reto no es superar el 2 % de filantropía climática, sino construir un ecosistema donde esa filantropía abra camino y la inversión de impacto escale soluciones necesarias. 

La Climate Week 2025 nos recordó que el futuro aún está en nuestras manos: tenemos la ciencia, la innovación y la capacidad colectiva para transformar esta crisis en una oportunidad histórica de regeneración. Belém será el lugar donde el mundo decida si asume ese desafío con la seriedad, la urgencia y la esperanza que la humanidad merece.