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13/06

El desarrollo que vale la pena: ética, territorio y movilidad social

Hablar de ética en desarrollo implica reconocer que no todo lo técnicamente posible, innovador o rentable es necesariamente deseable. La innovación, incluida la inteligencia artificial, no es neutra: amplifica decisiones, acelera impactos y redistribuye poder. Sin un marco ético claro, puede profundizar desigualdades existentes, consolidar sesgos territoriales o transformar a comunidades completas en meros espacios de experimentación sin retorno social.

Chile atraviesa un punto de inflexión en su manera de entender el desarrollo. Durante décadas, el foco estuvo puesto en políticas públicas altamente asistencialistas, en la proliferación de proyectos que se duplican entre sí y en la ausencia de una mirada sistémica de largo plazo.

Hoy, esa mirada resulta insuficiente. La pregunta que emerge con fuerza es más profunda: ¿qué tipo de desarrollo es éticamente aceptable, socialmente legítimo y capaz de generar movilidad social real en un país profundamente segregado?

Cuando esta pregunta se omite, el desarrollo pierde sentido, aun cuando muestre buenos resultados en el corto plazo.

Nuestro modelo ha producido crecimiento, pero también territorios fragmentados, trayectorias de vida desiguales y una movilidad social cada vez más restringida por el lugar donde se nace, se vive y se educa. La segregación territorial no es solo urbana: es educativa, sanitaria, digital y simbólica. Y ningún indicador macroeconómico logra compensar esa fractura.

Desde Antofagasta, el Encuentro Nacional de Vinculación Social – ENVIS 2026 fue una señal clara de este cambio de época. Más allá del programa, lo que se expresó fue una inquietud compartida: no basta con hacer más proyectos ni con incorporar tecnología o inversión si seguimos reproduciendo lógicas que refuerzan la segregación. Necesitamos nuevas formas de innovar, no solo en soluciones, sino en relaciones, gobernanza y procesos de toma de decisión, desde y con los territorios.

La innovación social adquiere un rol central. No como sinónimo de emprendimiento social ni como reemplazo del Estado o del mercado, sino como una capacidad colectiva para diseñar respuestas nuevas a problemas estructurales, entre ellos la falta de movilidad social. La innovación social pone el foco no solo en el «qué2 se hace, sino en el «cómo» y el “con quién”: quién decide, quién participa, quién se beneficia y quién asume los riesgos.

Hablar de ética en desarrollo implica reconocer que no todo lo técnicamente posible, innovador o rentable es necesariamente deseable. La innovación, incluida la inteligencia artificial, no es neutra: amplifica decisiones, acelera impactos y redistribuye poder. Sin un marco ético claro, puede profundizar desigualdades existentes, consolidar sesgos territoriales o transformar a comunidades completas en meros espacios de experimentación sin retorno social.

Desde esta mirada, el territorio no es un soporte físico ni un laboratorio social. Es un sujeto colectivo, habitado por personas con historia, identidad y expectativas legítimas de bienestar y progreso. La innovación social, cuando es auténtica, parte de ese reconocimiento: no impone soluciones, co-construye respuestas, fortalece capacidades locales y habilita trayectorias de desarrollo que rompen círculos de exclusión intergeneracional.

La inteligencia artificial abre oportunidades relevantes para mejorar servicios, planificación y eficiencia. Pero también plantea riesgos evidentes cuando se aplica sin contexto territorial ni participación social: decisiones automatizadas que desconocen realidades locales, modelos predictivos que reproducen segregación, soluciones «inteligentes» que no son socialmente legítimas. Aquí, la innovación social opera como contrapeso ético, recordándonos que la tecnología debe estar al servicio de las personas y de la movilidad social, y no al revés.

Existen experiencias que muestran que este enfoque es posible. En procesos de transición energética en regiones de Australia, la innovación tecnológica ha ido acompañada de innovación social y nuevos acuerdos territoriales, reduciendo conflictos y generando beneficios compartidos. En Guatemala, los modelos de gestión forestal comunitaria demuestran que cuando las comunidades lideran, la sostenibilidad deja de ser un discurso y se convierte en una práctica concreta de desarrollo local. En distintos países de América Latina, iniciativas de innovación social territorial han reducido tensiones precisamente porque cambiaron primero la forma de decidir, antes que la solución técnica.

La ética aplicada al desarrollo no se juega en los discursos, ni en los algoritmos, ni en los indicadores. Se juega en los procesos de innovación: en la capacidad de escuchar antes de diseñar, de pilotear antes de escalar, de corregir antes de imponer. Es una ética de la responsabilidad, del cuidado y del aprendizaje colectivo, indispensable para que el desarrollo amplíe oportunidades en lugar de cerrar caminos.

En este marco, la vinculación social deja de ser un complemento comunicacional y se convierte en infraestructura ética para la innovación social. Vincularse no es informar; es exponerse al diálogo, aceptar el disenso y construir acuerdos imperfectos pero legítimos. Sin esa base relacional, incluso la innovación más sofisticada se vuelve frágil.

El desarrollo que Chile necesita, y que emerge con fuerza desde sus territorios, es un desarrollo ético, innovador y profundamente humano. Un desarrollo que entiende la innovación social como motor de cohesión, la tecnología como herramienta con límites y el territorio como protagonista.

Sin ética, la innovación se vacía; sin territorio, el desarrollo se deshumaniza; y sin movilidad social, el progreso deja de ser progreso. Ese es el límite que Chile ya no puede seguir cruzando.