Impacto del clima extremo está dejando sin seguro a miles de viviendas
El impacto del clima extremo está revelando que la resiliencia climática no es únicamente ambiental, sino profundamente económica y social.
En un análisis publicado por Project Drawdown, la científica Sarah Gleeson advierte que sectores como el acero, el cemento, la aviación y el transporte marítimo concentran una parte decisiva de las emisiones residuales. Ignorarlos podría poner en riesgo el cumplimiento de las metas climáticas y aumentar la dependencia futura de tecnologías de captura de carbono aún inmaduras.
Las emisiones más complejas de eliminar podrían convertirse en el verdadero punto de inflexión de la transición climática. Así lo plantea la científica de materiales Sarah Gleeson, Ph.D., en un análisis publicado por la organización climática internacional Project Drawdown, donde aborda uno de los temas menos visibles, pero más decisivos, del debate climático: las llamadas emisiones “difíciles de reducir”.
Mientras la electrificación del transporte liviano y la expansión de energías renovables concentran buena parte de la atención pública y empresarial, sectores como la aviación, el transporte marítimo, el acero, el cemento y la industria química continúan generando emisiones estructurales que no pueden eliminarse con soluciones convencionales.
Según Gleeson, si el mundo quiere equilibrar su «presupuesto de carbono», no basta con actuar donde es más fácil: será necesario intervenir precisamente donde el desafío tecnológico y económico es mayor.
Gleeson utiliza una metáfora financiera para explicar el problema: el clima funciona como un presupuesto familiar. Las emisiones de gases de efecto invernadero son los gastos; los sumideros de carbono, naturales o tecnológicos, son los ingresos.
El objetivo del cero neto global implica equilibrar ambos lados. Sin embargo, hoy la humanidad vive «muy por encima de sus posibilidades» climáticas.
Las emisiones difíciles de reducir representan directamente cerca del 20% de las emisiones globales, y algunas estimaciones elevan esa cifra hasta el 40% si se incluyen emisiones indirectas. Los escenarios de la Agencia Internacional de la Energía proyectan que hacia 2040 estos sectores podrían concentrar hasta el 90% de las emisiones residuales si no se transforman estructuralmente.
Gleeson identifica cuatro factores estructurales que explican la complejidad:
Emisiones de proceso inevitables. En la fabricación de cemento, por ejemplo, el CO₂ no proviene solo del combustible utilizado, sino de la reacción química propia del material. Incluso si la planta operara con energía renovable, seguiría existiendo una parte de emisiones inherentes al proceso.
Altísima intensidad energética. La producción de acero requiere temperaturas superiores a los 1.000 °C, alcanzadas hoy principalmente con carbón o gas natural.
Requerimientos de alta densidad energética. Aviones y buques portacontenedores necesitan combustibles extremadamente densos en energía. Las baterías actuales no ofrecen autonomía suficiente para reemplazar completamente el queroseno o el fuelóleo marítimo en trayectos largos.
Infraestructura e inversión de largo plazo. Las plantas industriales, los barcos y las aeronaves tienen ciclos de vida extensos. Reemplazarlos anticipadamente implica altos costos de capital y riesgos financieros.
Uno de los puntos centrales del análisis es la paradoja estructural de la transición energética: incluso las soluciones climáticas requieren materiales intensivos en carbono.
La construcción de parques eólicos, plantas solares, redes eléctricas, transporte público o centrales nucleares demanda grandes cantidades de acero y cemento. Limitar el calentamiento global a 1,5 °C implicará producir miles de millones de toneladas adicionales de estos materiales hasta 2050.
Gleeson advierte que confiar exclusivamente en la eliminación de carbono para compensar estas emisiones sería arriesgado. Los sumideros naturales tardan décadas en crecer, y las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CAC) aún enfrentan desafíos de escala y costo.
Reducir la magnitud de las emisiones residuales hoy disminuye la presión futura sobre tecnologías aún inmaduras.
Para el sector empresarial, esto no es solo un tema ambiental, sino estratégico. Las cadenas de suministro globales están bajo mayor escrutinio regulatorio, los inversionistas exigen planes de transición creíbles y los riesgos físicos del cambio climático ya afectan logística e infraestructura.
Cada tonelada que se logre reducir hoy en estos sectores disminuye la dependencia futura de soluciones de eliminación de carbono aún inciertas. En términos financieros, equivale a reducir una deuda antes de que los intereses se acumulen.
Para la economía global, y especialmente para industrias intensivas en materiales y transporte, el verdadero examen de la transición climática no estará en los sectores más visibles, sino en aquellos donde la transformación exige rediseñar procesos completos.