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08/06

Estudiantes chilenos y cambio climático: 312 preguntas en diálogos científicos

Un informe del Comité Científico Asesor de Cambio Climático sistematiza las preguntas y reflexiones de estudiantes de enseñanza media en cinco regiones del país. El documento muestra que las nuevas generaciones no solo miran la crisis climática desde la preocupación, sino también desde la curiosidad, la búsqueda de soluciones y una fuerte conexión con sus territorios.

Antes de hablar de soluciones, tecnologías o políticas públicas, el informe parte desde un gesto más simple y, al mismo tiempo, más profundo: preguntar. ¿Qué está pasando con el agua en los territorios? ¿Por qué las personas no cambian sus hábitos si conocen las consecuencias del cambio climático? ¿Cómo pueden los colegios formar conciencia ambiental? ¿Qué responsabilidad tienen las empresas más contaminantes? Qué pueden hacer los propios estudiantes?

Cuando la ciencia comienza por una pregunta: Preguntas y reflexiones de estudiantes en los Diálogos Científicos por la Acción Climática 2025, elaborado por la Secretaría Técnica del Comité Científico Asesor de Cambio Climático de la Subsecretaría del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, sistematiza 312 preguntas científicas, elaboradas de manera participativa a partir de las inquietudes, experiencias y observaciones de jóvenes frente al cambio climático,  realizada en 2025 en cinco regiones del país: Antofagasta, Valparaíso, Concepción, Valdivia y Punta Arenas.

Las inquietudes cruzaron biodiversidad, energía, salud, tecnología, economía, políticas públicas, hábitos de consumo, educación y justicia. En otras palabras, entendieron el cambio climático como lo que es: un problema sistémico, territorial y profundamente conectado con la vida cotidiana.

De receptores de información a actores con voz propia

Uno de los principales aportes del documento es que desplaza la mirada tradicional sobre la educación climática. En vez de situar a los estudiantes únicamente como receptores de información científica, los reconoce como actores capaces de formular preguntas relevantes, críticas y situadas.

La metodología utilizada en los talleres se basó en la formulación de preguntas reflexivas como estrategia pedagógica. El foco no estuvo puesto en entregar respuestas cerradas, sino en abrir espacios para que los estudiantes observaran, pensaran y se preguntaran desde sus propios contextos. Para ello, se trabajó con dinámicas como «Veo-Pienso-Me pregunto», imágenes vinculadas a problemáticas territoriales y ejercicios grupales de clasificación y priorización de inquietudes.

Los talleres estuvieron dirigidos a estudiantes de enseñanza media que previamente habían desarrollado proyectos vinculados a cambio climático y medioambiente en sus escuelas o comunidades. En total, participaron 65 estudiantes, provenientes de 28 establecimientos educacionales. Según el informe, la participación femenina fue mayoritaria: 43 mujeres y 23 hombres.

El proceso permitió transformar experiencias locales en preguntas investigables. Eso es especialmente relevante porque, como muestra el informe, las inquietudes estudiantiles no se limitaron a pedir información general. Muchas apuntaron a comprender causas, identificar responsabilidades, evaluar soluciones y pensar formas concretas de acción.

 

Preocupaciones: hábitos, biodiversidad y regulación

De las 312 preguntas sistematizadas, las dimensiones temáticas más frecuentes fueron Sociedad, hábitos y cultura, con 58 menciones; Biodiversidad y ecosistemas, con 53; y Políticas públicas y regulación, con 48. También aparecieron temas como educación, producción y consumo responsable, energía, tecnología e innovación, recursos hídricos, salud y riesgos climáticos.

Esta distribución muestra que los estudiantes comprenden el cambio climático más allá de sus impactos físicos. Les preocupa cómo vive la sociedad, cómo consume, qué enseña la escuela, qué hacen las empresas y qué decisiones toma el Estado.

En Concepción, los estudiantes preguntaron: «Qué planes educativos se podrían aplicar en los colegios para generar conciencia sobre la problemática del cambio climático?». En Valparaíso: «Qué opciones sostenibles se pueden implementar en el sistema energético de Chile». También desde Concepción se planteó cómo afecta el cambio climático a la biodiversidad, especialmente a las especies en peligro de extinción en Chile. Y en Valdivia apareció una pregunta directa hacia la regulación: “Por qué son tan permisivos con las empresas que generan grandes huellas de carbono?».

Las preguntas combinan curiosidad científica, preocupación ética y búsqueda de soluciones. Se trata de una radiografía de cómo una generación joven está procesando la crisis climática desde sus territorios.

Preguntas para pensar, no solo para responder

Uno de los hallazgos más interesantes del informe es el tipo de preguntas formuladas. De las 312 inquietudes, 235 fueron clasificadas como “preguntas para pensar», preguntas abiertas, sistémicas, que invitan a analizar, imaginar soluciones o integrar distintas ideas. Solo 11 fueron preguntas fácticas y 66 fueron mixtas.

El informe también clasifica las preguntas según el tipo de proyecto escolar que podrían originar. Un 64,7% correspondió a investigación escolar y un 35,3% a innovación escolar. Es decir, la mayoría buscaba generar conocimiento o comprensión sobre un fenómeno, mientras que más de un tercio apuntaba directamente a diseñar soluciones, productos, servicios o procesos nuevos.

En cuanto al enfoque de indagación, predominaron las preguntas vinculadas a ciencias sociales y ciencias naturales, seguidas por las bibliográficas y las orientadas a soluciones tecnológicas. Esto refuerza una idea central del documento: la educación climática no puede quedar encerrada en una sola asignatura ni en una sola disciplina. Requiere cruzar ciencia, sociedad, política, tecnología y ética.

El clima también se vive emocionalmente

Otro aspecto especialmente relevante del informe es que no analiza únicamente los contenidos de las preguntas, sino también su tono emocional.

La emoción predominante fue esperanza y agencia, presente en 124 preguntas. Le siguió la curiosidad científica, con 104 preguntas, y luego la preocupación y ansiedad, con 55. También aparecieron la indignación, la justicia, la tristeza y el escepticismo, aunque en menor medida.

Este resultado rompe con una lectura puramente catastrófica sobre cómo los jóvenes enfrentan el cambio climático. El informe muestra que existe preocupación, pero también disposición a actuar. La ansiedad climática aparece, pero no necesariamente paraliza. En muchos casos, se transforma en búsqueda de soluciones, interés por aprender y deseo de participar.

Desde el punto de vista educativo, esto abre una oportunidad. Si los espacios escolares logran acompañar esas emociones, pueden convertir la preocupación en acción, la incertidumbre en investigación y la curiosidad en proyectos concretos.

Cinco regiones, cinco formas de mirar la crisis climática

Esa es una de sus mayores riquezas: el cambio climático no aparece como una experiencia uniforme, sino como un fenómeno que se expresa de manera distinta según la historia, la geografía y los desafíos productivos de cada región.

En Concepción, los talleres conectaron biodiversidad, rol de Chile en la crisis global y corresponsabilidad social. Las preguntas abordaron la educación ambiental, los hábitos de consumo y el rol de las empresas. Una de las inquietudes planteadas fue: «Cómo podemos contribuir como estudiantes al cambio climático de nuestro país?».

En Valdivia, las preocupaciones se centraron en los efectos visibles sobre los ecosistemas locales, los patrones de lluvia, la biodiversidad, la polinización y la salud de los seres vivos. También apareció una mirada crítica sobre la pasividad social y política frente a la crisis climática.

En Valparaíso, las preguntas tuvieron un tono más práctico y orientado a soluciones locales. Se habló de huertos hidropónicos, prevención de sequía, protección de abejas, eficiencia energética en viviendas y habilidades para evitar el consumismo.

En Antofagasta, el cambio climático se cruzó con minería, agua, tecnología y salud mental. Las y los estudiantes preguntaron por el impacto del clima en los drenajes ácidos de minas, por hongos capaces de degradar plástico y por los efectos del cambio climático en la salud mental de la población.

En Punta Arenas, las preguntas reflejaron una mirada austral, marcada por la capa de ozono, el derretimiento de glaciares, los polos, el uso de calefacción y la sostenibilidad real de tecnologías emergentes como el hidrógeno verde. Una estudiante de la Escuela Villa Las Nieves, Amanda Villarroel, puso un ejemplo cotidiano: en una región fría, muchas veces la calefacción queda encendida de forma innecesaria y luego se abren las ventanas, cuando bastaría con regular el calentador o abrigarse más..

Ciencia, educación y política pública

El informe también vincula las preguntas estudiantiles con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El ODS más mencionado fue el ODS 13: Acción por el clima, con 145 menciones. Le siguieron Producción y consumo responsables, con 45, y Vida de ecosistemas terrestres, con 35. También aparecieron educación de calidad, salud y bienestar, energía asequible y no contaminante, vida submarina, agua limpia y saneamiento, ciudades sostenibles e industria e innovación.

La pregunta de fondo para las políticas públicas: ¿Qué hacemos con las inquietudes de los estudiantes?

Pueden ser insumos para la divulgación científica, la educación ambiental y el diseño de políticas climáticas con perspectiva de largo plazo. En ese sentido, el informe plantea una idea relevante: si la acción climática requiere legitimidad social, entonces debe escuchar de manera más sistemática a quienes vivirán sus consecuencias durante más tiempo.

El Comité Científico Asesor de Cambio Climático tiene el rol de brindar asesoramiento al Ministerio del Medio Ambiente en los aspectos científicos requeridos para la elaboración, diseño, implementación y actualización de los instrumentos de gestión del cambio climático establecidos en la Ley Marco de Cambio Climático.

Las recomendaciones: del diálogo aislado a la continuidad

El documento cierra con recomendaciones para fortalecer futuras iniciativas entre ciencia y comunidad escolar.

  • Vincular la educación climática con experiencias locales. Según el informe, trabajar con problemáticas cercanas permite que el cambio climático deje de percibirse como un fenómeno distante. En vez de hablar solo de referentes globales, los talleres trabajaron con imágenes y ejemplos locales: minería en Antofagasta, humedales en Punta Arenas, contaminación, agua, biodiversidad y ecosistemas regionales.
  • Fortalecer la agencia estudiantil. Esto implica diseñar espacios donde los estudiantes no solo opinen, sino que también puedan incidir, construir propuestas y participar en procesos de coproducción de conocimiento.
  • Abordar las emociones asociadas al cambio climático. El informe plantea que las experiencias educativas deben permitir expresar preocupación, incertidumbre o esperanza, pero siempre conectando esas emociones con posibilidades de acción.
  • Desarrollar competencias para la acción climática, como pensamiento crítico, colaboración, comunicación, resolución de problemas y deliberación. La educación climática, advierte el documento, debe ir más allá de la transmisión de contenidos.

 

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