Diálogos Sostenibles
18/05

«Nunca es suficiente», el ambicioso desafio de la química alemana BASF en sostenibilidad

María Jesús López, gerente de Asuntos Corporativos y Sostenibilidad de la multinacional en Chile y Perú, analiza en esta entrevista los desafíos de la empresa en materia ambiental, social y de gobernanza, el impacto de la regulación ESG en Chile y la complejidad de involucrar a toda la cadena de valor en la transición sostenible. 

BASF es el acrónimo de Badische Anilin & Soda Fabrik y hace referencia a la anilina utilizada para teñir blue jeans con que partió en 1865 en la ciudad de Ludwigshafen, Alemania.  Hace 105 años aterrizó en Chile y es la sucursal más antigua que posee la industria química más grande del mundo en Sudamérica.

En un contexto donde la sostenibilidad ya no es una opción sino una exigencia global, BASF, la mayor empresa química del mundo, está avanzando en la reducción de su impacto ambiental y en el fortalecimiento de su gobernanza corporativa. En Chile, con su icónica planta en Concón y una oficina administrativa en Quinta Normal, la compañía enfrenta retos particulares para alinear sus operaciones con sus ambiciosos objetivos globales, como reducir un 25% sus emisiones de CO₂ al 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono en 2050.

María Jesús López, gerente de Asuntos Corporativos y Sostenibilidad de BASF Chile y Perú, analiza en esta entrevista los desafíos de la empresa en materia ambiental, social y de gobernanza, el impacto de la regulación ESG en Chile y la complejidad de involucrar a toda la cadena de valor en la transición sostenible.

¿Cómo aterriza sus compromisos sostenibles globales en países con realidades tan diversas como Chile y Perú?

Cada filial de BASF tiene particularidades propias, dependiendo del país y su legislación. En Chile, por ejemplo, tenemos una planta de producción y una oficina administrativa, mientras que en Argentina hay tres plantas y en Estados Unidos muchas más.

La compañía establece objetivos globales para liderar en sostenibilidad, y cada país debe alinearse con ellos. Por ejemplo, tenemos la meta de reducir un 25% de nuestras emisiones de CO2 al 2030 y ser carbono neutral al 2050. En Chile ya hemos reducido un 14,7% de nuestras emisiones de CO2, y a nivel global partimos midiendo desde 1990. En ese entonces, BASF emitía 40,1 millones de toneladas de CO2 y en 2023 logramos reducirlo a 16,9 millones de toneladas. Es un proceso paulatino y sostenido, con un estricto control de nuestras mediciones.

Justamente, en la industria hay un debate sobre si las empresas realmente alcanzarán sus metas de descarbonización ¿BASF llegará a sus objetivos?

Creemos que sí, porque llevamos muchos años trabajando en esto. Somos una empresa pionera en sostenibilidad, aunque no necesariamente mediática. Medimos nuestras emisiones de CO2 desde 1990, lo que nos da una base sólida para lograr la carbono neutralidad en 2050.

Además, ya estamos midiendo nuestras emisiones de alcance 3 (las de la cadena de valor) y exigiendo a nuestros proveedores que tengan metas de sostenibilidad, lo que es desafiante en Chile, donde muchas empresas aún no han comenzado a medir ni siquiera sus emisiones de alcance 1 y 2.

¿Cómo han avanzado en la transformación del portafolio de productos hacia opciones más sostenibles?

Hace más de siete años hicimos un análisis de nuestro portafolio global que tiene más de 19.000 productos. Lo llamamos internamente el proceso Triple S y lo dividimos en cuatro categorías. La meta es que la mayoría de nuestras ventas provengan de productos Pionier, es decir, aquellos que aportan a la biodiversidad y ayudan a nuestros clientes a ser más sostenibles. Ya logramos que el 45% de nuestras ventas provengan de estos productos, cumpliendo una meta antes de lo previsto.

Iniciativas comunitarias

¿Cuáles son hoy, para BASF, los principales desafíos en las tres áreas del ESG: medio ambiente, social y gobernanza?

La parte social la tenemos bastante desarrollada. Desde 2017, en Chile y Perú, contamos con fondos concursables comunitarios, una iniciativa bastante pionera. La verdad, no conozco ninguna empresa que haya mantenido durante casi diez años iniciativas sostenibles enfocadas en la comunidad. Hemos inyectado recursos de manera sostenida en Quintero, Concón y Quinta Normal. En el ámbito social, diría que estamos bastante bien afinados.

Lo más difícil es la parte medioambiental porque existe la lógica de que nunca es suficiente. Y creo que, efectivamente, nunca lo será. Las empresas están en un desafío constante para reducir su huella de CO₂, contribuir a la biodiversidad, medir sus impactos. Siempre buscamos superar el estándar. También considero que los países tienen mucho por legislar, y eso impulsa a las empresas. Por ejemplo, si hubiera una legislación sobre compuestos orgánicos volátiles (COV), las empresas estarían obligadas a medirlos. En Chile esa regulación aún no existe, pero sería muy positivo avanzar en ese sentido.

En cuanto a la gobernanza, siempre es un desafío porque es un tema relativamente nuevo. Implementamos estructuras que bajan desde el directorio, monitoreamos el impacto en los distintos países y medimos indicadores ambientales. Sin embargo, siempre falta algo: algún nivel intermedio de gobernanza, un sistema que no dependa solo de la regulación, sino de la voluntad de las empresas por hacerlo bien.

Por ejemplo, medimos la cantidad de mujeres en la empresa, pero todavía hay brechas, sobre todo en áreas STEM, que históricamente han estado dominadas por hombres. Contratamos muchas mujeres, pero en rubros como la ingeniería química es más difícil encontrar perfiles. Buscamos capacitar y fomentar la participación femenina en estas industrias.

Además, a nivel global, existen normas como la de Debida Diligencia en Alemania, que nos afecta porque somos una empresa con gobernanza alemana. En Chile no hay una regulación equivalente, y estamos lejos de ello. Cuando implementamos cambios contractuales para alinearnos con las normativas europeas, encontramos resistencia. Por ejemplo, debemos incluir cláusulas que establezcan que no hay trabajo infantil en nuestra cadena de suministro. En Chile y Perú, algunos proveedores nos preguntan por qué incluir esto si no es un problema en la región. Pero en otros países sí lo es.

Otro desafío es la medición de la huella de carbono. La normativa europea nos obliga a solicitar a nuestros proveedores sus matrices de CO₂, pero muchas empresas simplemente no las tienen. Entonces, nos encontramos con el dilema de cómo exigir algo que no está medido. En términos de gobernanza, hay mucho por mejorar, no solo a nivel

La cadena de valor

¿Cuáles son las tendencias globales que están observando desde Alemania y que podrían convertirse en grandes desafíos para 2025-2026?

Nuestro mayor desafío es el mismo que enfrentan muchas empresas en la cadena de valor: ayudar a que nuestros clientes sean sostenibles a largo plazo. Esto no es fácil, porque implica costos adicionales.

Muchas prefieren seguir utilizando los productos que conocen, en lugar de alternativas más sostenibles, aunque estas sean más eficientes. Te doy un ejemplo: el año pasado lanzamos en Chile una pintura para autos que se adhiere más rápido al metal y emite menos CO₂. Sin embargo, es más cara porque se basa en tecnología de punta y en inversión en I+D. Un taller mecánico pequeño prefiere comprar la pintura tradicional, ya que no le exigen reducir emisiones y no tiene incentivo para cambiar.

Este es un gran reto: lograr que la innovación en productos sostenibles se adopte masivamente. Hemos tenido avances en minería, por ejemplo, con un producto que reduce entre un 4% y un 5% el consumo de agua en la extracción de cobre. Pero aún falta mucho por hacer, y la concientización de las empresas juega un papel clave.

Otro desafío es la presión política global. En Estados Unidos, el gobierno ha generado incertidumbre con respecto a las políticas ESG. Aunque en BASF estamos comprometidos con la sostenibilidad, vemos que algunas empresas están optando por un perfil más bajo en estos temas. Algunas están comunicando menos sobre sus iniciativas ESG, aunque las sigan implementando. Si Estados Unidos se retira del Acuerdo de París o cambia su enfoque regulatorio, eso puede influir en muchas compañías. Ya estamos viendo casos como Walmart, que ha reducido ciertos programas ESG. Es un tema preocupante y difícil de monitorear, pero hay que estar atentos a cómo evoluciona el mercado.

En Europa, hemos visto ajustes regulatorios, con el Ómnibus dando más tiempo a las empresas para adaptarse. En Chile, la regulación también está evolucionando, con normativas como la 416, que pasa a ser la 519, y con el S1 y el S2. ¿Cómo evalúan este panorama desde BASF?

La introducción de estas regulaciones por parte de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) ha sido un paso positivo. En Europa, ya es obligatorio que las empresas informen sobre sus compromisos ESG en sus estados financieros. En Chile, estamos avanzando en esa dirección, y creo que el mercado ha sido pionero en empujar estos cambios. Por supuesto, siempre hay espacio para mejorar. Algunas disposiciones han quedado abiertas a interpretación, pero lo importante es que ya dimos el primer paso.

Creo que es clave que los países presionen a las empresas para que tomen decisiones más allá de la rentabilidad en Excel. Desde el sentido común, ninguna empresa debería querer contaminar, pero sabemos que, en la práctica, algunas priorizan costos por sobre impacto ambiental. La regulación debe hacer que estas decisiones no dependan solo de la ética de cada empresa.

Dicho esto, la regulación tampoco debe asfixiar. Hay que encontrar un balance. Si las normativas son demasiado rígidas, pueden ahogar a empresas más pequeñas que no tienen la capacidad de adaptarse rápidamente. La CMF está dando los primeros pasos, y seguramente se irán perfeccionando con el tiempo.

¿Cuán difícil es incorporar a los proveedores en esta transición hacia la sostenibilidad? ¿Cómo ven el desafío de la cadena de valor en Chile?

Es un desafío complejo, y creo que sería ideal co-crear estrategias con otras empresas. Nos vendría bien un esfuerzo conjunto entre compañías del mismo sector o de distintos rubros para avanzar de manera más ágil.

Si bien capacitamos a nuestra cadena de valor, muchas empresas de nuestro tamaño no lo hacen. ¿Qué costaría incluirlas en nuestras capacitaciones? Si logramos que más empresas empujen en la misma dirección, el impacto sería mucho mayor.

El Pilar 3 (cadena de valor) es especialmente difícil. Para empresas pequeñas, medir la huella de carbono es un proceso costoso y complicado. Muchas ni siquiera saben por dónde empezar. Nosotros enfrentamos ese problema cuando comenzamos a medir nuestra propia huella. Sería muy positivo que el gobierno ofreciera más apoyo, no solo a través de regulaciones, sino también con plataformas público-privadas que faciliten la capacitación y el acceso a información. Hay intentos en el sector logístico, pero aún no son lo suficientemente eficientes.