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03/08

Por qué el futuro no puede financiarse con criterios del pasado

Quizás el desafío no sea simplemente movilizar más recursos, sino aprender a mirar de manera distinta. Incorporar variables como la naturaleza del modelo de negocio, el impacto que genera o las particularidades del entorno en que opera. Pasar de una lógica de exclusión por riesgo a una lógica de comprensión y mitigación del riesgo.

Durante décadas, el sistema financiero ha demostrado una enorme capacidad para asignar recursos y acompañar el crecimiento económico. Sin embargo, frente a los desafíos que plantea el siglo XXI, surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos financiando aquello que realmente necesitamos como sociedad?

La transición hacia una economía más sostenible, la modernización de la infraestructura y el desarrollo de soluciones innovadoras requieren mucho más que buenas ideas. Requieren capital. Pero también exigen una nueva manera de entender el riesgo y de evaluar las oportunidades.

Este fue uno de los temas que tuve la oportunidad de abordar recientemente en una mesa de trabajo de la CEPAL, en el marco del Objetivo de Desarrollo Sostenible N°9, referido a industria, innovación e infraestructura, donde quedó de manifiesto que una de las principales barreras para acelerar estos cambios no es la falta de proyectos, sino las dificultades para acceder a financiamiento adecuado.

Muchas empresas que están desarrollando soluciones vinculadas a la construcción sostenible, la eficiencia de recursos, la economía circular o nuevas tecnologías productivas, operan en escenarios complejos y presentan modelos de negocio que no siempre encajan en los parámetros tradicionales de evaluación.

El resultado es conocido: proyectos con potencial transformador terminan enfrentando mayores restricciones para acceder a capital, limitando su capacidad de crecer y de generar impacto.

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La pregunta es si el problema radica en esas empresas o, más bien, en los criterios con los cuales seguimos evaluando las oportunidades. Porque el financiamiento no es un elemento neutro. Lo que se financia -y lo que se deja de financiar- termina moldeando el tipo de economía y de sociedad que construimos.

Por eso, quizás el desafío no sea simplemente movilizar más recursos, sino aprender a mirar de manera distinta. Incorporar variables como la naturaleza del modelo de negocio, el impacto que genera o las particularidades del entorno en que opera. Pasar de una lógica de exclusión por riesgo a una lógica de comprensión y mitigación del riesgo.

Esta evolución resulta especialmente relevante en un contexto en que la sostenibilidad y la innovación ya no constituyen nichos, sino factores centrales para la competitividad y el desarrollo.

En Belat hemos comprobado que, cuando existe una evaluación integral y una estructura financiera adaptada a la realidad de cada proyecto, es posible acompañar iniciativas que muchas veces quedan fuera de los circuitos tradicionales. Nuestra experiencia en sectores como la construcción sostenible, la economía circular y los sistemas productivos más eficientes ha demostrado que existen oportunidades valiosas que requieren una mirada más amplia y una relación de largo plazo.

Habilitador de desarrollo

La historia económica demuestra que los grandes avances productivos no surgen únicamente de la innovación tecnológica. También requieren instituciones y mecanismos financieros capaces de acompañarlos. Porque la infraestructura sostenible, la descarbonización o la transformación industrial no ocurrirán por decreto. Tampoco por convicción. Ocurrirán cuando exista un ecosistema capaz de convertir esas aspiraciones en proyectos viables y escalables.

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Y para ello, el financiamiento tiene un rol mucho más profundo que el de proveer recursos: debe actuar como un habilitador del desarrollo. En ese contexto, también se abre una oportunidad para quienes buscan que sus inversiones generen no sólo rentabilidad, sino también un impacto positivo en el desarrollo. Hoy existen instrumentos que permiten participar activamente en el financiamiento de empresas y proyectos que están impulsando la transición hacia una economía más sostenible, demostrando que es posible alinear el rendimiento financiero con la creación de valor para la sociedad.

Porque, al final, el desarrollo de las próximas décadas dependerá no sólo de cuánto capital movilicemos, sino de nuestra capacidad para dirigirlo hacia donde más se necesita.